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Autor
Daniel Sánchez
Páginas
270
ISBN
978-84-948895-4-7
Encuadernación
Rústica fresado
Edición
Agosto 2019
Tamaño
14,5 x 21,5 cm
Idioma
Castellano
Ilustraciones
Ilustraciones originales de Ana Sánchez Garea
Color
Cuatricomía
Descripción

Unas palabras…

Cita Daniel Sánchez Las simples cosas en el poema que abre su nuevo libro todas las formas de decir tu nombre, “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”, y uno de esos sitios, no me cabe ninguna duda, es el folio en blanco sobre el que vuelca a bocajarro pero con ternura, las emociones cotidianas, desgarradoras y bellas, humanas, sociales, íntegras, sinceras… convirtiendo el tapiz desnudo de una página vacía en un mosaico de sentimientos en verso, en el latido incansable y hondo de un sueño.

El propio Daniel expresa en sus poemas esa necesidad vital:

“Te escribo, amor,

porque no puedo evitar contarle

a este papel que me acompaña…

Vivir es como escribir un papel en blanco”.

Adentrarse en la mirada poética de Daniel es transitar por la vida con todos los ingredientes que ésta nos ofrece, un viaje inacabado desde el amor y hacia el amor, con el amor como vehículo imprescindible. Un diálogo íntimo y directo con la amada como forma de entender las relaciones humanas, la pérdida, el deseo, la utopía… donde la amada es la mujer-compañera, la mujer-madre, la mujer-pueblo, la mujer-cómplice, la mujer-paz, la mujer-beso, la mujer-revolución; pero también la mujer-ausencia, la mujer-guerra, la mujer-duelo, la mujer-silencio, la mujer-desamor, la mujer-miedo.

“No te enamores nunca de un poeta” dice Daniel en uno de sus poemas:

“No te enamores, ni por error, de un happy human,

que te llenará la vida de valores

y buscará envejecer contigo intensamente

con verdades como cumbres…”.

Pero en todas las formas de decir tu nombre, Daniel seduce con sus poemas, con la misma naturalidad que coge y suelta el aire cuando respira, y lejos de imponer un discurso basado en sus convicciones profundas, consigue hechizar a quien le acompaña con la palabra como única herramienta para contagiar los valores que le mueven: justicia, ética, sensibilidad, solidaridad, participación, comunicación, equidad, paz, libertad, vocación… y se muestra tajante y coherente frente a la corrupción, la impunidad, al abuso de poder, la violencia de género, la miseria moral, la guerra, los recortes, la crisis, la privatización de los servicios públicos, las fronteras, las dictaduras.

Daniel Sánchez vuela libre en el aire de su lenguaje poético, haciendo guiños a sus raíces gallegas, dejando huella de su carisma y de su forma de entender el mundo, y sobre todo llama la atención su capacidad innata y desafiante de construir belleza, incluso de lo feo. Igual que un artesano moldea con sus manos un pedazo de barro deforme hasta lograr la figura que desea, de la misma manera que Silvio pretende que un rabo de nube sea un barredor de tristezas, o como en La mujer habitada, Gioconda Belli explica “escribir para darle forma al mundo”, así Daniel Sánchez se desnuda frente al dolor de la pérdida, responde sin reproches al desamor, se nutre de recuerdos como un valor vivo para vivir la soledad del exilio, elige soñar el amor, soñar con cambiar el mundo, como una constante urgente y necesaria, porque para Daniel no se entiende el mundo sin amor, “único destino que me mantiene vivo” y es incomprensible renegar de la esperanza por lo que, siguiendo el hilo conductor de su primer libro de la ternura también se sale, se propone, nos propone “vivir como si hubiera esperanza”.

todas las formas de decir tu nombre, es una reivindicación, contracorriente y optimista, de los sueños, una opción por la vida, incluso “muerto”. En la primera parte del libro una vida inerte sostenida por el recuerdo de “lo mejor que me ha pasado”, o en palabras del autor, con el alma desolada, porque vivir sin amor es “para cerrar la caja y decir adiós a todo”, de ahí la charla que establece a ti, persona amada, que aunque no estés, estás ahora y estarás siempre en mi memoria. Sin amor no hay risa, ni boca, ni besos, ni caricias… todo es espera a que regreses, a enamorarme, porque “la espera y el deseo tejen la ausencia”.

“Los náufragos y los amantes

comparten el mismo destino,

ambos saben estar lejos de sus sueños más queridos,

ambos tienen la certeza de compartir la misma suerte,

ambos temen que el olvido

sea la tierra que les de su abrigo,

y la esperanza de un amanecer hermoso

que cambie su destino”.

Una opción por la vida que tropieza también con poemas que son nuevos amaneceres. Daniel recupera con la poesía la belleza que da sentido a la vida, y el delirio encuentra su remedio, el despertar es un abrazasueños que devuelve la paz y el latido.

Nace un nuevo libro. “La felicidad está en los libros/ como la paz en los olivos” dice Daniel. Mi gratitud infinita por compartir conmigo el alumbramiento de tus versos.

Candela Junco


¿Y si no existimos?
¿Un prólogo me pides?

Poetas para qué

Se me antoja empezar a escribir el prólogo una noche de luna llena en un corral en medio de tierra de lobos. Quizá porque recordé de repente que uno de los primeros libros que pasaron a ser de cabecera –en un tiempo convulso en el que se avecinaban esperanzas, allá por el año 1975, cuando un dictador iba a morir en su cama rodeado por el “equipo médico habitual”– era Aullido de licántropro, de Carlos Álvarez. Fue un libro que a la gente rara nos abría a un mundo rebelde, que desestructuraba todos nuestros sentimientos y que nos incitaba a la ironía y a ser lobos frente al mundo; nos señalaba un camino en el que queríamos sobre todo aullar, más que gritar. A los que siempre nos quedábamos un poco en la ladera marginal de las cosas, este libro influyó e inspiró en las tristes calles de entonces más que los gruesos tomos de Karl Marx o Mijail Bakunin. Qué le vamos a hacer. Mientras unos buscaban la playa debajo de los nauseabundos adoquines de Madrid, al mismo tiempo que con ellos formaban las barricadas, los cobardes asistíamos al arrebato (creíamos que revolucionario) junto a las mismas barricadas amarrando bajo el brazo algún libro, por si, llegado el caso, debíamos defendernos o atacar con él, arrojando las palabras venenosas contra el enemigo. Y los libros eran preferentemente de poetas.

En ese tiempo también cayó en mis manos El cumpleaños de Juan Ángel, de nuestro amado Mario Benedetti, de quien guardo una foto que le hice en un café, ya extinto, de Madrid, en la plaza del Callao, mientras me insinuaba la necesidad de no llamar extranjero a nadie porque hubiera nacido lejos (como le ocurría a él). En su libro se leían cosas que también creíamos revolucionarias como “solo hay algo más sabroso que hacer el amor en una noche fresca del verano y es hacer el amor en una tarde calurosa del invierno”. Al poco llegó Palabras para Julia y un pelín más allá a bocajarro alguien leyó en mi cara “Si pierdes la mañana, pierdes el día, quien pierde la juventud, perdió la vida” (mucho más hermoso el verso en galego, qué duda cabe: “Se perdes a mañán, perdes o día, quen perde a mocedá, perdeu a vida”), de un tipo que resultó llamarse Celso Emilio Ferreiro y que era gallego, como Daniel Sánchez, gallego de cualquier lado, incluso debemos entender que de Galicia.

Muy pronto cayó también entre nosotros Leopoldo María Panero, el que siempre nos quería matar mañana cuando la luna salga y el primer somormujo le dijera su palabra. Y nos dejábamos pasear casi de la mano, como se lleva a los niños, de José Hierro para que nos transmitiera su desarraigo o sus ilusiones de que un día los poetas pudieran llenar los campos de fútbol leyendo sus poemas. O nos atrevíamos a tomar un vino rojo e imberbe con Claudio Rodríguez por las tabernuchas de la calle madrileña de Claudio Coello para que nos contara la forma que tienen de amarse la bellota y la sombra de una encina. Y llegaron al mismo tiempo de aquí y de por allá, de unos y de otros, las palabras de Rosalía, de Violeta, de Gabriela o incluso, queriendo ver a una monja libertina o libertaria, de Sor Juana Inés de la Cruz.

¿Y a qué viene esto?; pues a nada. Pero así comenzó todo, con la búsqueda alocada de los poetas, todos malditos, ni uno salvable, irremediablemente perdidos y afortunadamente sin razón alguna. Hemos necesitado alimentarnos de ellos para chuparles las letras, las emociones, las rarezas y los sentimientos, usándolos para revolver nuestras esencias o para tratar cada día de encontrar el sentido a esa cosa que llamamos vida.

La red

Resulta que me escribe Daniel Sánchez por facebook, qué ocurrencias, invitándome a que me pegue un tiro escribiendo un prólogo para su poemario de hermosísimo título todas las formas de decir tu nombre. Lo que hay que ver, siempre en la vanguardia. De inmediato acepto el reto, incluso a sabiendas de que, como corresponde a los de nuestra condición, me salga el tiro por la culata. Algo parecido a como ocurría con los viejos fusiles que el amigo Stalin envió a los resistentes españoles para defender la II República y que, como me contó más de un usuario superviviente, disparaban para atrás, como queriendo realmente hacerle un favor al enemigo.

Y de armas va la cosa. Quizá una de esas armas formaba parte del arsenal que el Comandante Sánchez (Daniel) tenía que ir a recoger, previo salvoconducto, para nada más y nada menos que hacer La Revolución, a una callejuela de la ciudad de Alcorcón, entonces pueblo del sur de Madrid que galopaba hacia la Ciudad Dormitorio. Allí, algún dirigente clandestino del falansterio anarquista dirigido por Gregorio Pérez, reconocido en la pantalla como Grégori Per, debía hacerle entrega de un legado que, a la postre, ha pasado a formar parte de nuestros sueños, de las ilusiones de un mundo diferente y de las ganas indomables de querer cambiar siempre las cosas; aunque solo sean de lugar.

Hace siglos Daniel Sánchez me enviaba las cartas lacradas, ninguna de ellas vacía, como hubiera sido de desear, pues ya en sí las solas palabras de los nombres eran arte. Ahora nos lo ilustra por las redes, tal vez una forma más de lo mismo, por lo que estamos atentos cada mañana o cada noche para que, en definitiva, nos siga enviando el beso que necesitamos, como hizo siempre. Queriendo o sin querer, no hace otra cosa que recordarnos que anda por ahí, trasegando con palabras a la imaginaria luz de una vela, lanzándonos dardos de amor con frecuencia, pero otras arrojando bombas de mano al vacío para que, tras la explosión, nos saquen de la atonía y no perdamos la cuenta de que el mundo no es lo que quisiéramos y la injusticia nos la encontraremos cada día, como el cariño o el odio, a la vuelta de la esquina.

Con los años que han transcurrido desde entonces, he llegado a la conclusión de que durante décadas, Daniel Sánchez y el que abajo suscribe, aunque hablábamos de las cosas más dispares, creo que estábamos únicamente hablando de poesía. Nos engañábamos, cierto es, pensando que dejábamos pasar el tiempo hablando de cualquier cosa. La poesía, ese asunto que, junto a la música, sea quizá lo más grandioso que quede del ser humano cuando se extinga. Otros pensarán que sea el iPhone XXIII, incluso los más rancios insinuarán que sea el Cetme y su ideología, pero serán ideas de los otros seres humanos, no las nuestras.

Nosotros

Conocí a Daniel al mismo tiempo de varias maneras. Digamos de varios mundos. Uno especialmente imborrable, pues siempre podremos decir que quisimos o nos quisieron las mismas personas, aunque fuera en tiempos sobrepuestos. Eran los momentos en los que empezábamos a tejer la gran tela de araña de lazos basados en la amistad, la afinidad, el apoyo mutuo o en el cariño necesario que creíamos que no desaparecerían nunca y que eran imprescindibles para mantenernos vivos; por ello, cada mujer, cada hombre que se acercara a nuestras vidas lo atrapábamos y lo blindábamos como si fueran un tesoro o un talismán que nos sirvieran como marcapasos para no caer en la agonía. Como remedio milagroso, cada esquina la convertíamos con frecuencia en una esquina más para los besos.

También lo conocí de bata blanca; él me abrió las puertas a la locura y también a la tortura que se había practicado en tiempos no tan lejanos en un sanatorio psiquiátrico que no era otra cosa que el, así llamado por el pueblo soberano, Manicomio de Leganés, ciudad en la que entonces yo dormía, más que vivía. Este edificio era un territorio también para nuestros sueños y donde seguro que Daniel y yo, cuando le visitaba, nos preguntábamos por qué aquellas mujeres y hombres estaban dentro y nosotros fuera, incapaces de delimitar dónde o quién tiene el poder de calificar la locura, quién puede decidir dónde trazamos la raya de la supuesta razón. Allí el que empezaba a ser amigo Daniel Sánchez era nuestro sanitario de las palabras, de las ilustraciones subversivas y atrofiadas de colegas más locos aún que los poetas, allí empezamos a hablar de todo y de nada, de lo que nos quedaba por venir y de lo que queríamos atrapar para demostrarnos cada día que no estábamos muertos.

Años antes a los “locos” allí encerrados les dejaban salir los fines de semana y eran de alguna manera muy populares en la ciudad. Y yo, que no había salido aún del silencio en el que estaba atrapado desde la niñez, me quedé eternamente preguntando lo que significaban aquellas jarras de agua colectivas de aluminio multicolor que se veían sobre las mesas de aquel “sanatorio” a través de las enormes rejas tras la que permanecían encerrados los ¿enfermos? Aquellas jarras para mí quedaron para siempre identificadas con la locura, con la alienación, lo que era lo mismo que decir que con la tristeza y la navegación sobre la soledad. Quién sabe, quizá en el fondo comenzamos a querernos sin necesidad de frecuentarnos porque pensábamos que éramos dos hombres tristes y nostálgicos, cosa que nunca fue verdad.

Sin duda alguna Daniel iba a ser luego durante años nuestro loquero de cabecera, cual confesor agazapado entre cuatro paredes de madera, ojos sordos y oídos ciegos pero manos largas, al que recurríamos para que nos abrazara y nos confirmara nuestra demencia. Y siempre nos daba el veredicto certero: estábamos locos de remate. Con lo que nos volvíamos alegres para casa a sabiendas de que seguíamos ajenos al redil, buscando al lobo o a la loba que nos diera unas dentelladas de amor y, si no, al menos de lujuria.

Nació luego un tiempo largo de sintonía, de quedar para hablar, o tal vez de quedar para escuchar, algo raro, nos escuchábamos mucho, incluso cuajándolo todo con conmovedores silencios. Quizá queríamos saber aún más el uno del otro. Yo, he de reconocerlo, buscaba las citas para aprender, aunque sea amargo reconocer que los cojos tenemos siempre que correr en busca de los sabios. Nos dijimos y escuchamos sentados, empezando ya la tertulia por si acaso se nos acababa el mundo en un repente y no teníamos ocasión de disfrutar de las palabras pausadas, tiernas, siempre dulces. Pero también andando, a la par o uno detrás del otro, como monjes. Y no sé por qué recuerdo la Gran Vía de Madrid; quizá fue allí, junto a alguna esquina hoy irreconocible, donde me dejó enamorado para siempre con la historia del citado Grégori Per. Quizá me dijo, escríbela, pero nada, por ahí están las cosas, viajando con templanza dentro de las cabezas sin querer darles vida porque es quizá mucho mejor dejarlas atrapadas en la nebulosa etérea de los sueños. Este ya mítico y resistente antifranquista y guerrillero anarquista Grégori Per (Gregorio Pérez, para servirnos en la cruda realidad) nos ha acompañado toda la vida y lo hemos reinterpretado cada cual a nuestro antojo, lejos ya de lo que nos contara Daniel, el único que lo conoció. Qué duda cabe que hubiéramos querido ser siempre soñadores Grégoris Per y no Gregorios Pérez.

Un poco tiempo después Daniel Sánchez se convirtió en mi impresor necesario, mientras yo quería llegar a ser editor y me atreví a sacar con otros cuatro desquiciados la revista de poesía y rarezas llamada Brisa, que nos dio soplos de alegría pero que pasó por nuestras vidas más rápida que los huracanes con los que nos asusta la televisión; eso sí, dejando tal poso que siempre tenemos que emocionarnos cuando alguien, en este mundo que nos tiene rodeados, se aventura con un nuevo libro de poesía. Finalmente Daniel fue el que acabó siendo editor y, para colmo, él fue el que nos superó como escritores.

En la misma época me convertí un poco en su periodista de confianza de todas las trastadas en las que se empeñaba y disfruté con todas, quizá especialmente siendo corresponsal de guerra en las hemerotecas y catacumbas de la Biblioteca Nacional del Paseo de Recoletos de Madrid, buscando las hojas sueltas que faltaban de un libro sin el que Daniel Sánchez no podía dormir, tal vez ni vivir. Para descubrir gratamente que el hombre no es hombre y el autor resulta ser, como casi siempre, una mujer obligada, para poder escribir, a disfrazarse de hombre.

Manuel G. Blázquez